Las labores y los días

Recreación actual de las espigadoras

Recreación actual de las espigadoras

Belleza -arraigo- pacto entre uno mismo y sus propias condiciones de existencia-círculo del tiempo.

Hacer que el tiempo sea un círculo y no una línea.

Cuadernos, Simone Weil

Labor: cfr. labranza, obra. Soportar el peso, la carga. Labores de la casa. Adorno tejido.

El tiempo necesario para nacer.

Después de siete años de libros he aprendido que traducir no es traducir.

Escribir tampoco es escribir.

Lentitud. Otra manera de crear. Una manera de ser que no es lineal, recta como la flecha. Hay vericuetos, caídas, tropiezos, de vez en cuando un cul-de-sac del que tienes que salir. Disfraces. Disfraces que te has dedicado durante años a coser, tan buenos que ya no los distingues de la piel. No hablo de un disfraz que pese (aunque a veces lo haga), sino de las plumas, las perlas, las conchas marinas que engalan el cabello de las sirenas. Lo propio, para las mujeres, no es fácil. Demasiados lenguajes que trasladar, capas que sacar, una a una, como en un juego de muñecas rusas, como en un psicoanálisis o la construcción de una intimidad. Cosas que recordar, que es importantísimo recordar, que una vez recordadas reconoces como vitales: <<¿cómo he podido sobrevivir habiendo olvidado esto?>>. Una locura. Trabajo, un infinito e infatigable trabajo de confección, reconfección, ensamblado, tejido y roturas. Vas haciendo, <<qui dia passa, any empeny>>. Tan vulgar, tan ordinario como esto. No hay musas, ni relámpagos de inspiración, ni tampoco violines. La pasión es algo tremendamente cotidiano. Un momento miras atrás y hallas la fuerza para ver lo inaudito de lo que has tejido. El Frankenstein de Mary Shelley, que solo el feminismo ha entendido, más de un siglo después de su escritura (a la traducción como <<Frankenstein>> irá dedicado otro post, ahora no quiero detenerme en esto).

Las mujeres que esperan, las mujeres aparentemente “pasivas”, las creadoras “sin obra”, esta increíble infertilidad (de la mente -porque es un discurso que escinde, borra el cuerpo-) femenina… En realidad: una enorme y gigantesca mentira. Es una obviedad pero me permito repetirla. Como un veneno de cuento de hadas que nos han percutido para convertir nuestra fértil y gozosa tierra en un erial. Con escaso éxito. Los bodegones de Rachel Ruysch. El género epistolar y autobiográfico; los diarios y cartas de Virginia. Los cuadros de Séraphine de Senlis. Las esculturas de Judith Scott (sobre las que también escribiré, más adelante).

Penélope, tejiendo. El viaje de Perséfone, el reencuentro circular con su madre, Deméter. Mujeres que esperan, que no hacen “nada”. Circuitos subterráneos que son a plena luz.

Con mi hijo me ha pasado eso. No le reconozco la primera vez que le veo. Es solo un recién nacido. Sé que es mi hijo porque me lo han dicho. No hay parto; hay cesárea. No hay <<bounding>>; media un día y medio desde que nace hasta que puedo abrazarle. Al cabo de un mes le dan el alta y vuelvo a casa con él. Sigo sin reconocerle. Le amo por su olor, por la fragilidad de su cuerpo que me conmueve, porque si llora me duele a mí el cuerpo. Pero hay un lapso, un silencio entre el niño que estuvo en mi barriga, creciendo, y este. No me atrevo a preguntarme qué ha sucedido. Construyo, sigo, durante años, esta relación extraña. Cansada, extenuada, con los nervios a flor de piel porque llora, llora, se pasa horas y horas y horas llorando. Luego gritando, discutiéndolo todo, oponiéndose a todo, preguntándolo todo, inquiriendo, cuestionando, abriéndose paso. Su personita como un diminuto árbol, expandiéndose, laboriosamente. Una noche -tras colarse en la cama del padre postpatriarcal y de la mala madre feminista porque quiere mimos-, años más tarde, se produce esta escena: se mueve, se revuelve, su cuerpo se contorsiona levemente mientras duerme. Creo que está soñando. Me da patadas, rítmicamente. Flojito, amortiguadas por el edredón. Y en ese instante siento, realmente siento (es decir: sé, porque el cuerpo tiene su propia memoria, más fiable que cualquier otra) que es el mismo niño que se pasó meses dándome esas coces en la barriga, porque eran idénticas. Y que es él porque se movía de la misma forma que se mueve ahora. Es mi hijo. Le he reconocido. Es dulce, esta sensación de familiaridad íntima. ¡Es él! Casi no puedo creerlo. La felicidad es tal que no me cabe en el pecho. No despierto al buen padre para decírselo porque aún conservo cierta cordura. Luego se lo cuento y recordamos que la primera patada que me dio fue en un concierto, la Misa de Réquiem de Mozart, que por cierto también es una obra hecha a retazos (el amigo Wolfi murió antes de terminarla, la obra se completó entre varios compositores). Este amor es el mismo. La caricia constante, perezosa, en la piel tersa del vientre y estos golpecitos, años después. Los encuentros no siempre discurren por las vías y al ritmo acostumbrado o que damos por sentado, en ocasiones como mitos o como regulaciones externas, otras veces como viejos lobos con disfraz de cordero, o bien como dogmas morales; en contados casos como experiencia singular. Es la cuadratura del círculo. Los pies mutilados de las hermanas de Cenicienta en una de las versiones más crudas del cuento. Las zapatillas rojas (1948, Michael Powell). Se habla de zapatos porque esto va de itinerarios, del ritmo de nuestros pasos, de caminos, de senderos, de travesías y de danza. No de coreografías perfectas ni tampoco de buenas madres omnipresentes, petrificadas, sublimadas por la mirada masculina patriarcal, sino de madres reales, de la Medusa, de las lobas y de las Diosas de Gerda Lerner.

Con otras obras sucede algo parecido: escribes, escribes durante años, no le das importancia. Escribes porque lo necesitas. Igual que le das de comer al niño, lo vistes, lo bañas, juegas con él, lo amas. Te maravillas. Un día tras otro. <<Mama, t’estimo>>, <<Mama, on era abans d’estar a la teva panxa?>>, <<Mama, mira com ballo>>. Le enseñas a hablar. Requiere mucho. Un buen día miras los cuadernos, los apilas uno encima del otro y te parece que hay algo más, algo importante allí. Los reconoces.

Lo que está en juego es la raíz. La intuición, como un dulce escalofrío: <<cavar, cavar>>, hasta que te duelen las manos. Algo te llama a escarbar, a ensuciarte las uñas, los dedos llenos de lodo, para encontrar algo. Hurgas, arrancas, extraes. Hasta descubrir una materia sólida. Y sí, está allí. ¡Tal vez siempre lo estuvo! Latiendo: fuerte, poderosa, robusta, henchida. Es ella. Ahora que la has visto, sabes que ibas por el buen camino. Es un sendero sinuoso, serpenteante, a veces te obliga a detenerte en seco. Tal vez durante décadas, a descansar, a olvidarte, a hacer otras cosas. Cosas importantes. Cosas que después resultará que te conducían también hasta aquí (es un aquí que es siempre, inexorablemente, un allí, un más allá que no conoces, inexpugnable, un titubeante hacia algún lugar, casi como un objetivo móvil, huidizo. Sigues por intuición, porque algo te lo dice; porque eres ciega, como Orestes). Un complejo entramado de citas, referencias intertextuales, notas al margen, desvíos. Interrumpes, desconectas, fracasas. Los cuadernos de Simone Weil. Un infierno para el editor o la editora; se hace porque es grande, porque se arremangan y hay subvención del Ministerio de Cultura francés, porque hay un chiflado que lo quiere hacer: sacrificar una década abriéndose en canal para conservar las palabras. Esa apariencia de falta de método, el caos, las anotaciones apresuradas. Los grandes filósofos crean sistemas, no <<cuadernos>>. Es cierto. Son pocas las filósofas, las escritoras, las artistas, las mujeres que hallan trabajado de ese modo: un gran sistema, de principio a fin, una estructura cerrada, perfecta como Dios. Esta es otra atención creadora. Es una especie de magia o mejor dicho -porque no se crea de la nada; requiere un útero (real o simbólico), un deseo, una pizca de silencio -: de alquimia.

Empecé diciendo que traducir no es traducir y que escribir no es escribir. Me explico ahora: traducir es todo lo que pasa después. Escribir es lo que sucede tras haber escrito. No es un método, es una forma de vivir. Tiene mucho que ver con la fidelidad, con el amor al texto. Es una relación erótica: filológica (en sentido etimológico). Podría pensarse que es un movimiento hacia adelante, pero es retroactivo, siempre hacia atrás. Volver sobre tus pasos, una y otra vez, para añadir, tapar, descubrir, rascar, adherir elementos, tejer, ensamblar, zurcir, revisar, desnudar, volver a vestir, dar un paso atrás y contemplar, acercarse para observar el detalle y de nuevo retocar, corregir y a veces hasta borrar por completo lo hecho, empezar de cero aferrando lo indispensable. Equivocarse, errar cien veces. El horror de descubrirte, al final, con las manos vacías, asiendo una cáscara vacía. Creer en su contenido imaginario y retomar el gesto, repetitivo, casi insoportable. Es un movimiento pendular que duele, que desgarra, que da miedo, que tiene mucho de implacable. También es un placer, un gran gozo, una innegable jouissance.

Levanta la cabeza de la tierra. Mira a tu alrededor. Estás rodeada de otras mujeres haciendo lo mismo: laboriosas, silenciosas, como los espigadores de Agnes Varda [Los espigadores y la espigadora (2000, Id.)], cientos, miles… durante siglos.  Sus manos sucias, su trabajo: de partos, de enfermedades, de muertes, de tareas, de cuidados, de escucha, de gritos, de llantos, de sangre y de tierra, siempre la tierra. El placer, tan grande que no te cabe en los ojos. Las voces de los demás, como la lluvia, la tormenta, a veces a pedradas. Otras como el viento. Su hermoso trabajo. La locura que supone este trabajo. La grandeza que se yergue en toda su majestuosidad, esta obra faraónica. Y casi casi me dan miedo. Me doy miedo. Me dais miedo. Damos miedo. Y es entonces que lo entiendo: ¡Damos miedo! ¡Qué alborozo! No os ríais todas a la vez que haremos demasiado ruido, nos descubrirán y no podremos seguir trabajando. <<Schhht>>. Silencio. Vamos a seguir cavando, buscando la raíz para exponerla al sol aunque sea unos segundos, por el terrible gozo de sentir cómo bulle la savia bajo esta aspereza y la recorre, grávida, anunciando un nuevo nacimiento que exija el deseo o una ruptura que garantice la vida. Años. Son años de contener el trazo, de dar brochazos por negarse a explorar los pigmentos, las texturas; por emborronar el cuadro por no atreverse a contemplarlo. Porque si hundes la mano tocarás el hueso. Se piensa que el hueso es la muerte, cuando en realidad es lo que salva. La levedad y la gracia, estas palabras de los Cahiers: <<¿Cuál es, en suma, la diferencia entre un movimiento causado por la inercia y uno causado por la fuerza? La inercia es perpetua. De una fuerza imaginamos -por analogía con el esfuerzo humano- que comienza en un determinado momento. Pero dejemos esa ilusión: las fuerzas no se presentan de improviso, ni se destruyen: se transforman. Exactamente igual que la inercia dentro del movimiento. En el caso del esfuerzo humano, también ocurre lo mismo>>. Cuadernos, Simone Weil (Trotta, Madrid, 2001, p. 274). Os dejo con este precioso itinerario de Odetta (Anne Wiakemsky, magnífica), una de las últimas escenas de Teorema (1968, Pier Paolo Pasolini) y en la que está todo: la espera, la mirada a través de la ventana, el deseo del encuentro, la danza, el regreso siempre distinta -renacida tras el viaje, como Perséfone- y el silencio. El silencio necesario.

Para saber más:

-BLANCHOT, Maurice, El espacio literario, Paidós, Madrid, 1992.

-CATELLI, Nora, El espacio autobiográfico, Lumen, Barcelona, 1991.

Séraphine (2008, Martin Provost)

-URIBE Elisabeth: <<El silencio y la atención creadora en Simone Weil>> en http://www.concienciasinfronteras.com/PAGINAS/CONCIENCIA/simone_uribe.html (cons. 10 de noviembre de 2014).

-ZYLBERMAN, Lior: <<El Teorema de Pasolini>> en revista Sans Soleil-Estudios de la Imagen, nº4, 2012 (pp. 132-137); se puede consultar en: http://revista-sanssoleil.com/wp-content/uploads/2012/02/art-Lior-Zylberman.pdf (cons. 10 de noviembre de 2014).

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Esta entrada fue publicada el 10 noviembre, 2014 a las 3:24 pm. Se guardó como Alquimia, Arte de mujeres, Cuentos de hadas, Diosas, Escritura, Maternidad, Mística femenina, Mitología, Tiempo circular, Traducción y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

6 pensamientos en “Las labores y los días

  1. Sara, sóc Clara, de valència, compartírem assignatura de duoda. Passa el temps i de sobte un dia, gairebe per casualitat et trobe. I és un plaer llegir-te i pensar…
    Aquest text és bellíssim, obre, em fa preguntar-me, em toca, remou. Un regal.

    • Hola, Clara! Quin goig trobar-te aquí. Moltes gràcies per les teves paraules, em fa molt i molt feliç saber que aquest text, que vaig escriure amb molta tremolor, pugui obrir, tocar…és un plaer. Una abraçada!

      • és que aquesta tremolor de la que parles ha deixat emprempta al text i s’encomana… continuem!
        pd: ara vaig pensant molt això del feminisme i la maternitat

      • Com m’en alegro que s’encomani! I tant, Clara, continuem. Això del feminisme i la maternitat és un tema sobre el que encara hi ha molt a dir, sobre el que sempre sorgeixen noves veus, nous desitjos. Una aventura!

  2. Gracias por tanta luz!

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