Los huesos de Isabel: el surco y la huella (Escritura femenina, Parte I)

Seashore Circle, Francesca Woodman (1976)

Seashore Circle, Francesca Woodman (1976)

Erosión. Cfr. Del latín <<erosĭo>>, la erosión es el desgaste que se produce en la superficie de un cuerpo por la acción de agentes externos (como el viento o el agua) o por la fricción continua de otros cuerpos.

Empecé a escribir, cuando era una niña, para saber que a pesar de todo hay una forma de tocar el hueso, que ese tacto liso y frío me pertenece. Por desesperación de existir. Para tener un lugar donde ponerme, como quien guarda un objeto un tanto vergonzante en una caja. Lo cierra y lo esconde casi distraídamente. Allí podía estar. Pienso ahora en lo mucho que se ha alejado la palabra <<drama>> de su etimología: del griego δράμα, que significa <<hacer>> o <<actuar>>. Escribir como una manera de hacer con el deseo imperativo de ser y la escritura como una actuación. Materia transformada en aire, como en las fotografías de Woodman: algo que se te escurre de las manos, como un pez o una figura borrosa a punto de volatilizarse.

Isabel, mi alumna favorita de las clases de catalán para adultos, me dijo el otro día que le dolía muchísimo la cadera y estaba con una ciática infernal. No se pudo quedar a la clase, se apoyaba, un tanto temblorosa, en la pared. Dijo: <<Ja he begut oli>> porque había dejado de limpiar la casa, hacía una semana. Tiene 87 años, su fuerza me parecía inverosímil cuando la veía llegar en bicicleta. Había dejado de hacer. Le dí mi teléfono, pienso que si fuera más valiente la habría acompañado a casa, bajo la lluvia, dejando al resto de alumnas y alumnos esperando. Una vez me contó que había tenido un lío con <<el marchante de Dalí>>, y que le había regalado una cadenita de oro. Contaba unos detalles propios de una especialista en la obra del ampurdanés -porque salió muchas veces de copas con Salvador y con él; de este decía que era <<ensopit>>-. Claro que los detalles más interesantes son los que hablan de ella: si se reía o si se aburría, si hacía el amor con este, con aquel o con aquella, si le regalaban tal o cual vestido y de qué color era, cómo aprendió a hablar francés, si conseguía comprar chocolate (no de algarroba, sino de cacao) o por qué a los 22 años decidió coger la maleta y <<largarse>> de Vigo, que era provinciano y asfixiante para ella. Había conocido también, por aquella época de las salas de fiestas y del Hotel Palace a Xavier Cugat, que contaba unos chistes muy malignos y divertidísimos. Trajo una fotografía de una pelirroja espectacular en uno de los primeros biquinis que se vieron en España, no sé si antes o después de marcharse a Francia a trabajar: primero fregando escaleras, después de enfermera, más tarde llegaría a ser jefa de enfermería en un pequeño hospital. Tal vez el biquini lo trajo de Francia durante unas vacaciones aquí, en la playa. Quién sabe.

Pero son solo los huesos de Isabel lo que me conmueve y me hace pensar en la etimología de la palabra <<drama>>, en este sentido que señalaba. Es otra cosa: es su actitud despreocupada. Su aparente descuido. Su <<actuación>>, ligera como una pluma. Toda esa libertad femenina, condensada en el modo que tiene de ponerse el abrigo: primero se lo echa encima como si fuera una capa y después, inesperadamente, contiene el gesto, casi lo detiene para abrocharse uno a uno, minuciosa y delicadamente, los botones, que se me hacen interminables. Al final se alisa el abrigo con las palmas de las manos y se lo ajusta en los hombros, haciendo coincidir las costuras con sus huesos. Su manera de ponérselo me recuerda al modo que tienen de vestirse las personas que conozco que han estado en la cárcel -por motivos políticos, no es que yo me relacione con el hampa-. Ese mismo celo, ese esfuerzo por hacer coincidir las cosas, por la limpieza y el orden que ayudan a sobrevivir cuando te ves obligada a masticar las horas, los minutos.

Durante dos años me ha ido contando cosas, casi cada semana. Pequeños detalles sin importancia sobre su vida, sus costumbres. Sé los quilómetros que hace paseando (¡14, desde la parte más alta de Vallcarca hasta su casa!) y que es socia de una piscina del barrio, sé que pasa los veranos en Salou, donde le visitan amigos belgas y franceses, que el piso en el que vive en la calle Verdi es de propiedad, que le extirparon un melanoma y que desde entonces no quiere ver al médico, que tiene que llevar unos zapatos ortopédicos horrorosos y que eso la deprime, porque tiene unas piernas increíbles y con ellos no se atreve a ponerse falda, que la otra noche le visitó el sobrino de cinco años de su vecina arrastrando una pequeña mochila y declarando que se quedaba a vivir con ella. Que para cenar con ella el niño trajo una bolsa de patatas fritas, que sacó con gran ceremonia y que le supo a caviar. Ha ido dejando sus historias distraídamente, aquí y allá, saltando como un leve pajarillo de una rama a otra del árbol. Como un lenguaje secreto. Detrás de cada nimiedad un universo, una vida entera.

drama

Hace más de doce años escribía con una máquina de escribir. No Isabel, sino yo. Lo hacía porque resultaba fácil que mis dedos resbalaran, golpeando la tecla equivocada. Ese accidente me obligaba a volver a empezar de cero. Era una excusa para repasar varias veces lo escrito. En una ocasión, por un traslado de ciudad, y como la Olivetti pesaba bastante, decidí mandármela por correo. Ese paquete no llegó jamás. Después compré otra máquina, pero nunca fue lo mismo. No solo porque aquella hubiera pertenecido a mi abuelo, sino porque el sonido de las teclas al golpear contra el papel era como vacilante. Después de eso dejé de escribir poemas. Había perdido el hilo, no encontraba mi voz -como no había encontrado la máquina a mi llegada-. No del todo, claro. A veces, cuando no podía más, los escribía en algún papel, que me dejaba en cualquier parte. Los versos acudían a mi mente y para olvidarlos los dejaba flotando unos segundos en la superficie hasta que se hundían. Aunque en ocasiones se me calaban hasta el estómago y me hacían vomitar, literalmente.

Y, por supuesto, estaban, estuvieron y están siempre los diarios. Una caja enorme llena a rebosar, tantos como años tiene Isabel, cada uno de ellos conteniendo dentro o ligado con una cuerda, una goma o un lazo, un anárquico fajo de servilletas, papelillos, reposavasos y todo tipo de soportes a los que en algún momento tuve que echar mano para apuntar, a vuelapluma, unas palabras. A veces más de un diario a la vez, de la misma época, cubriendo el mismo periodo. Y es que a menudo me sucede -como con la Olivetti- que pierdo el diario. Lo pierdo dentro de casa, claro, pero pasa un tiempo antes de que lo descubra en algún lugar inesperado. Y como me asalta la necesidad de escribir, empiezo otro. Luego los voy alternando según los voy perdiendo, o según cuál tenga más a mano, y si uno de ellos se termina y me quedo sin páginas en blanco, sigo con el otro. Y así, sucesivamente. No los he querido tener en mi propia casa nunca -como mucho los cuatro o cinco últimos-, pero todo el grueso no, no aquí conmigo, bajo el mismo techo, como si su peso fuera a hacer que se hundiera el suelo que piso. Porque en parte -solo en parte- se trata de eso, de palabras que pesan demasiado para llevarlas encima, que hay que soltar para poder elevarse, para no perder vuelo. Por eso a ratos la levedad de Isabel me parece cruel, como un orgullo de lo bello, que se resiste a dejar huella. Como los legajos de poemas de Dickinson, sus <<paquetitos>>, ocultos por los rincones más dispares de su habitación, en su escritorio, descubiertos por Lavinia, su hermana, tras su muerte -esta es solo una de las versiones-. Miles de poemas. Su paso veloz, solo el atisbo del blanco de su vestido. Una voluntad de hierro. Las gotas incesantes y leves, formando el cabal y, mucho tiempo después: el surco. De esa misma materia: Isabel, Emily, cierto tipo de escritura.

Que deje de llover, que mi pájaro no levante el vuelo aún, que me cuente más cosas.

For parting, that is night.

And presence, simply dawn

Itself, the purple on the heigt

Denominated morn.

            Emily Dickinson

[Porque partir, eso es noche,/ Y presencia, simplemente el alba-/Ella misma, la púrpura en la cumbre/llamada mañana.]

Para saber más:

-CHADWICK, Whitney, Los otros importantes: creatividad y relaciones íntimas, Madrid, Cátedra, 1994.

-DICKINSON, Emily, Poemas I-600. Fue-culpa-del Paraíso, trad. Mª Milagros Rivera Garretas y Ana Mañeru Méndez, Madrid, Sabina Editorial, 2012 e Id., Poemas 601-1200. Soldar un abismo con Aire-, trad. Id., Madrid, Sabina Editorial, 2013.

-KAUFMANN, Paola, La hermana, Madrid, Siruela, 2004

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Esta entrada fue publicada el 2 diciembre, 2014 a las 10:53 am. Se guardó como Arte de mujeres, Envejecer, Escritura, Fuerza femenina, Libertad femenina, Poesía y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Los huesos de Isabel: el surco y la huella (Escritura femenina, Parte I)

  1. Que n’ets de màgica…

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