LA LOCURA FEMENINA EN CIERTO MODO COMO UN DON

Natalia-Gontcharova7

Esbozo de vestido para el Ballet Ruso, Natalia Gontcharova (1924)

Dilatar. (Del latín: dilatāre). tr. Extender, alargar y hacer mayor algo, o que ocupe más lugar o tiempo.

¿A partir de cuando es uno loco?

Lacan

El otro día, mientras tomábamos un delicioso té, nos pusimos a hablar de la escritura como locura. Mi amiga me explica que la locura femenina es un fantasma que le ronda desde muy tierna edad mediante una frase repetida hasta la saciedad en su familia: <<Estás loca, como tu abuela>>. Porque su abuela está loca, loca de atar. La vi en una ocasión: un cuerpo ajado y diminuto rodeado de animales pequeños, grandes y medianos (gatos, perros, palomas) que va recogiendo de la calle. Su voz dulcísima siempre solícita a ofrecerte una sopa en lata que hay que evitar por todos los medios que caliente con el microondas. Y porque ella -mi amiga, su nieta-, desde muy pequeña, ha mostrado ciertos síntomas de locura. De esas locuras que Lacan por fin sitúa, no necesariamente vinculadas a la psicosis, en un lugar vivible, evidentemente en plural. El primero apareció cuando tenía unos siete años, mientras coloreaba un dibujo en clase. Era el dibujo de un niño dentro de un globo aerostático. Pintando el globo, de repente, se salió de la línea. Un trazo que se escapa, que huye de los límites impuestos por el enunciado de la actividad: <<colorea sin salirte de la raya>>. Le entró el pánico y se puso a llorar ante la estupefacción de la maestra, que no entendió la metáfora. Este acontecimiento aparentemente sin importancia ha ido ganando peso (lastre) con el paso de los años, llegando a representar una lucha interna que ha sostenido durante décadas y que se resuelve en la escritura. Otro acontecimiento, a los doce años: le pide a su abuela que le regale una fotografía en la que esta aparece en una terraza, bajo el sol del verano, ataviada con un ligero vestido de flores que se expanden como manos, cientos de manos que inundan su cuerpo. Se detiene en medio del pasillo y le dice, emocionada: <<Te quiero mucho>>. Mi amiga se queda sin palabras: la locura es incongruente, se obstina en formular verdades, contra viento y marea. Porque nadie dice esas cosas en su familia, allí ese tipo de expresiones no están permitidas. Se sale de la raya. Mientras me narra ese momento siento como si una de las manos-flores del vestido de su abuela se alargara monstruosamente para cogerme el corazón. Estoy conmovida, contengo el aliento y trato de no llorar. No estamos preparados para la vida. <<Colorea por dentro de la línea>>.

Mi amiga empezó muy pronto a escribir. Aun cuando no conocía las letras llenaba hojas y más hojas de garabatos que pretendían imitar una caligrafía cuyos signos desconocía. Era necesario escribir. Sus palabras resuenan en mí y me viene a la mente una imagen de mí misma a los cinco años, mientras me escondo bajo la cama con un periódico. Arranco pedacitos, confecciono bolitas como chicles, las mastico y me las trago. Me busca mi padre, me pregunta qué hago y le saco la lengua, que está ennegrecida por la tinta. Creo que me arrebata el periódico -o lo que queda de él- y me castiga. Me trago palabras, tampoco él entiende mi metáfora.

Hablamos de la lectura como refugio. Le cuento que desde muy temprano leía como una loca, por esa misma ansiedad desaforada de tragarme las letras. Ella también lo hacía. Engullir signo tras signo para ir construyendo un universo, porque en seguida descubrí que el de las palabras es una galaxia en permanente expansión, un lugar sin límites precisos que se va dilatando a medida que van apareciendo nuevas formas de decir las cosas. Un terreno oceánico en el que poder sumergirse sin miedo a ahogarme, porque cada palabra es como el extremo de una cuerda que puedes asir y estirar con tan solo alargar la mano para volver a salir a flote. Un paisaje que no se rige por las leyes conocidas de la física, dotado de una lógica regulada por leyes internas al texto, donde puedes por ejemplo inventar una frase sin pies ni cabeza, guardarla en algún rincón porque sientes que algo palpita en ella y solo años después descubrir que la frase estaba preñada de sentido, que no tendrá ni pies ni cabeza pero en ella se aloja el corazón de las cosas, una flor parecida a las representaciones del yoni de la antigüedad hindú, que se expande como un viaje iniciático. Porque la locura tiene mucho que ver con las metáforas. Algo así como una metáfora que ha perdido el referente. Una palabra que se ha quedado en silencio, suspendida en el aire, en un tiempo que no cabe en el reloj. Los relojes nunca me han gustado. De vez en cuando compro un reloj de pulsera, lo llevo durante unos meses y después termino por perderlo porque no va a mi ritmo, no me sigue el compás.

La locura es sexuada, como todo lo que existe. La locura femenina es doblemente amenazadora, porque el patriarcado, excluyendo a las mujeres de la producción de discurso, la coloca en el papel de límite; la que contiene, el hogar seguro al que volver: Penélope que espera y recibe a Ulises tras su viaje. Esto lo explicaba muy bien Luce Irigaray en su tesis doctoral: Espéculo de la otra mujer (1974). Y la locura representa el límite que ha saltado por los aires. Por eso la loca no es lo mismo que el loco. Hay un régimen más que subvierte con su fe en la extensión de lo decible. Un límite discursivo que está en los cimientos de la Ley del Padre. Silvia Plath metiendo la cabeza en el horno, en su diminuto apartamento de Londres, para más inri dejando huérfanos a dos adorables niños. La mujer-monstruo, a la que se ha cubierto con una pátina de esterilidad porque el patriarcado, que funciona con oposiciones binarias y mutuamente excluyentes, la opone a la mujer-madre, como señalan Sandra M. Gilbert y Susan Gubar (1979); ese ángel, epítome de la fertilidad y de la contención, del que no nos hemos llegado a librar del todo a pesar de tanto trabajo, aunque en eso estamos. Por eso es una revolución simbólica importantísima que las mujeres produzcamos discurso propio en torno a la maternidad, porque contribuye a resquebrajar esa dicotomía madre/monstruo (pero este es el tema para otro post), porque más allá de la proyección masculina como cálido y mudo receptáculo hay una labor mucho más vasta que hace estallar otra dicotomía ya apuntada por Simone Weil -entre otras-: la de pasividad/actividad. A la madre omnipresente y sublimada hay que abrirle espacio para el grito y la danza. Permitir la grieta y escribir que el papel pintado de la pared se mueve como en un relato de terror, tal y como hiciera Charlotte Perkins Gilman.

Me resulta muy curioso que sea precisamente aquello que salva -las palabras- lo primero que se le niega a la loca. A Perkins Gilman justamente el doctor le dice que para evitar recaer en la locura -volviendo de una cura de reposo que recogerá en este célebre relato de The Yellow Wallpaper [El empapelado amarillo] (1892) que mencionaba- que <<no tocara ni la pluma, ni el lápiz ni el pincel para el resto de su vida>>. Por eso escribió el cuento. Ahora los métodos son más limpios. El abuso del psicofármaco es un buen aliado silencioso de esa usurpación de la palabra. Tecnologías del biocontrol, caricaturas de Frankensteins malentendidos; te arrancan el corazón sin tan siquiera alzar una ceja, con toda la banalidad del mal, sin conocer ni tan solo tu nombre, cuáles son tus imágenes o los surcos de las yemas de tus dedos. Pero, a pesar de todo, las palabras siguen palpitando, a veces no pronunciadas, un tintineo en el aire alrededor de la persona, como una especie de aura de santidad (santidad entendida como el poder de transmitir lo sagrado por medio del contacto), un aura que también rodea a mi amiga. Un aura que su abuela ofrece como refugio para los inocentes, para los puros de espíritu. Y esa danza del deseo suspendido, revoloteando como las hadas que los campesinos afirmaban ver alrededor del haya que había en las inmediaciones de la casa de Juana de Arco, cuando esta era una niña; esa profusión de metáforas se transmite. Es por eso que el fairy oak tree resulta tan importante para los inquisidores que la mandan a la hoguera, porque sitúan a Juana en una genealogía femenina (el de la santa es un proceso interesantísimo en el que se superponen varios lenguajes).

De modo que ahora, después de años de percibir esa posibilidad de transmisión de la locura como algo tremendamente paralizante mi amiga se atreve a afirmar sin atisbo de duda que es un regalo, en cierto modo. Porque a su abuela, que aún vive, las manos le tiemblan -dice que esto puede poner nerviosa, no estamos acostumbradas a lo trémulo-, pero la banalidad que suprime la vida a su paso en el más aterrador de los silencios nunca la ha tocado, y es que algo la protege: una levedad, un vuelo. Entonces la herencia se abre ante ella ya no como una especie de maldición de la prehistoria genética sino como un mensaje en una botella que es necesario aprender a leer y, por encima de todo, escribir con palabras propias. Palabras que se van tejiendo mediante la escucha atenta, a la lumbre de un delicioso té y de una amiga que te sepa leer entre líneas, sostenerte la mano cuando asoma el temblor, ayudarte a arrancar el papel pintado para descubrir que detrás espera un coro de mujeres para recitar tus metáforas. De la mujer atrapada tras el papel pintado dice la heroína del relato de Perkins Gilman: <<It is the same woman. I know, for she is always creeping, and most women do not creep by daylight>> [Es la misma mujer, lo sé, porque ella está siempre reptando, y no todas las mujeres reptan a la luz del día]. Porque de eso se trata, de sacudir la materia para dejar pasar la luz, de burlar el arabesco… lograr la contorsión exacta para escurrirse del trazo.

Para leer más:

-GILBERT, Sandra M. y GUBAR, Susan, La loca del desván: La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX, Madrid, Cátedra Feminismos, 1998.

-IRIGARAY, Luce, Espéculo de la otra mujer, Madrid, Akal, 2007.

-PERKINS GILMAN, Charlotte, El empapelado amarillo/La wisteria gigante (edición bilingüe), León, Universidad de León, 1996.

-WEIL, Simone, La levedad y la gracia, Madrid, Trotta, 1998.

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Esta entrada fue publicada el 2 enero, 2015 a las 10:38 am. Se guardó como Brujería, Envejecer, Escritura, Fuerza femenina, Libertad femenina, Locura, Maternidad y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “LA LOCURA FEMENINA EN CIERTO MODO COMO UN DON

  1. Locura al igual que histeria son dos palabras muy corrientemente utilizadas para suprimir el juicio de una mujer. recordando a Juana la Loca, a Virginia, a Yourcenar … a todas aquellas genios que no se conformaron con la vida de normas que sitúan al común denominador femenino en lo aceptable socialmente. Hay que hacerse a un mundo propio como diría Virginia. Derribar a patadas los preceptos sociales hegemónicos o entregarse al río… dejar que la heteronormatividad te arrastre sin remedio para vivir seguras o aceptar esa locura , ese cuestionamiento eterno, ese inconformismo y salir de la crisálida para abrazar al mundo como lo que realmente somos: Mujeres y punto, con una carga hormonal y un cuerpo específicos y aceptar inevitablemente las consecuencias. Pase lo que pase, decídase lo que se decida siempre hay cuestionar la forma en que la sociedad nos normaliza y nos limita.

    • ¡Sabias palabras, Marcela! Sí, la locura femenina es una herramienta del patriarcado con una historia de lo más siniestra, le dedicaría millones de posts, porque siempre le encuentro una nueva declinación. ¡Qué importante esta tarea que tenemos entre manos de ir destejiendo toda esta madeja! Y este trabajo de inconformismo y de salir de la crisálida, como muy bien dices, necesita del ir narrando genealogía propia, ir rescatando a nuestras ancestras, que en eso estamos ¿verdad? Ver madres simbólicas donde antes nos contaron que había tan solo un erial. ¡Adoro a Yourcenar, qué bien que la menciones!! A ver si se cuela en alguno de mis posts… ¡Un fuerte abrazo y gracias por tu precioso comentario!

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